Ser mamá te cambia la perspectiva, el cristal con el que se mira al mundo.

Por Tania Córdova Castro

Nadie me dijo que iba a ser fácil, de hecho, todo lo contrario. Al quedar embarazada de mi primera hija todo indicaba que la cosa venía cuesta arriba.

Quedé esperando a mi primera hija el verano de 2010, comenzando el 3er año de la universidad. Cursé el 1er semestre ese año y congelé el segundo, estuve un año fuera de la universidad para dedicarme a ella. Luego tuve que volver a estudiar y dejarla en San Fernando con mi marido para terminar los ramos que me correspondían ese semestre, viajando a Valparaíso. Fue muy fuerte, fue doloroso, fue difícil estar en Valparaíso y disfrutar los tiempos en que no tenía nada que hacer porque lo único que quería era irme de vuelta a San Fernando, pero no se podía porque son 4 horas de viaje, así que me venía el miércoles a clases y me regresaba el viernes a casa.

Con mi hija nació en mí una madre, una estudiante más disciplinada y con mejor rendimiento, y también, una nueva forma de ver el mundo.

Durante mis estudios tuve 5 hijos, mi última hija nació en abril de ese año en medio de la pandemia del covid 19, en el hospital Carlos Van Buren. El embarazo transcurrió todo el segundo y el tercer trimestre en un ambiente muy convulsionado de octubre en adelante viviendo cerca del congreso y cerca del hospital. Los ruidos de sirenas, las lacrimógenas, el picor en la nariz y el encierro por las suspensión de clases de noviembre hicieron tenso el ambiente para los niños y para mi que estaba embarazada y en pleno trabajo de tesis de sociología.

Yo había comenzado mi trabajo de titulación en mayo de 2019, pero no fue hasta enero de 2020 que tomó consistencia, con la guata grande y tratando de estar tranquila en el calor de San Fernando rehice mi planteamiento del problema y marco teórico, para volver de cabeza en febrero a hacer el trabajo de campo y el análisis en tiempo récord para entregar todo a finales de abril.

La cosa empezó a fluir rápido, pero reconozco que se hizo difícil en el último trimestre del embarazo, entre estar haciendo entrevistas, transcripciones, y analizando la información para esta tesis de sociología. Como imaginarán, tuve que ingeniármelas y sacrificar horas de sueño, escribir en un computador en las posiciones habidas y por haber, para evitar los dolores de cola, donde usé harto guatero de semillas.

Todo esto en medio de una reflexión que terminaba de cuajar en mi: “la maternidad es algo que cambia vidas”.

El hecho de tener una hija una niña en mi vientre me dió una perspectiva nueva, una urgencia de titularme. Ya llevaba más de 10 años en la carrera, los ramos los había terminado hacía años, había hecho la práctica, había trabajado más de una vez en diferentes proyectos, participado de acciones en el congreso, pero nunca había terminado mi carrera, no había hecho este trabajo de título para sacar la tesis y finalmente lo hice muy rápido. En enero reformulé y construí una problemática y un marco teórico y metodológico que terminó en una defensa de título el 21 de septiembre, esta vez con mi hija de 5 meses en brazos. Demás está decir que me preparé para la defensa dándole la teta mientras tecleaba. Ella me acompañó siempre.

Esta titulación fue  como terminar una etapa y sentir un alivio gigante después de esta cuesta arriba que se vino la vez que quedé embarazada de mi primera hija, igual que cuando uno sube un cerro y cuando llega a la punta mira hacia abajo y ve el hermoso paisaje y siente el viento en la cara, mientras todo el cansancio se transforma como en una paz, y en un disfrutar. Me pasó lo mismo. No sentí euforia, no sentí ganas de gritar ni nada, solamente de respirar profundo y sentir el momento y decir “ya lo hice, ya está el título”.

Tengo este título para mis hijas, eso siempre pensé, quiero un piso para mis hijas, más que para los niños de alguna forma, porque ellos tienen el ejemplo de su papá profesional y que trabaja. Y si bien, mis hijas me han visto trabajar, darles un título de piso es otra cosa. Ellas ahora van a ser mujeres profesionales con un pregrado y más, si quieren, y que también pueden ser madres, si quieren, y que pueden llevar adelante los proyectos que sueñen, porque el piso yo creo que ya se los puse.

De cierta forma, también reflexioné sobre que la maternidad me dió una claridad. Yo lo logré porque tenía la red de apoyo. Siempre tuve la ayuda de mis papás y hermanos y mi marido.

En algún momento, cuando lo necesité, hicimos el esfuerzo y se pagó un jardín, siempre tuve apoyo y por eso me gustaría seguir trabajando, por un deber, por todo lo que dice mi propia experiencia, para que otras mujeres también tengan ese apoyo. Que si no gozan de  hermanos o no tiene el apoyo de sus padres o de la pareja, del padre sus hijos, pero siendo madre sienten esa urgencia de surgir por ellas y sus hijos, ellas tengan los medios.

Y toda esta garra y ese espíritu me nació siendo mamá, porque probablemente no había visto nada de esa dimensión del mundo si no lo hubiese sido. Porque ser mamá te cambia la perspectiva, el cristal con el que se mira al mundo, y es muy enriquecedora y también te hace ver muchas injusticias en muchas cosas que no deberían ser.

Mi confidencia entonces, vendría siendo la confesión de un compromiso social, el compromiso de que con mi maternidad sentí el deber de ayudar a otras mamás. Porque con ayuda se puede ser todo lo que nosotras queramos ser, entr ellas, ser madres y profesionales.

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