Ser madre es un desafío, pero también la experiencia más sublime

 

Por Constanza Robles

 

Por alguna u otra razón que desconozco, nuestros hijos e hijas nos duelen. Para bien o para mal, según las vivencias de cada madre y su familia, su pareja o su soledad, nuestros hijos o nos emocionan y tocan fibras únicas que desconocíamos que estaban allí dentro de nuestro corazón y alma, o simplemente nos duele por el miedo y terror que sentimos de forma interna de no saber si lograremos dar la talla para con ellos o ellas.

 

He oído tantas cosas que para muchos puedan parecer cursilería de mamá enamorada de sus hijes, como por ejemplo, que nos eligen desde el cielo porque confían en nosotras, que vienen a enseñarnos sobre los distintos senderos de la vida, que vienen a remecernos y a madurarnos, que vienen a sacar la mejor de nosotras mismas (y peor según el caso de cada quien), que nos dan lecciones, etc….yo sólo quisiera decir que por Dios que nuestros hijos e hijas nos «atraviesan». Tal cual, el día en que fuí madre por primera vez y realmente siendo muy joven, en ese mismo parto sentí que me morí y renací en paralelo (no sé si habrá alguien que lo entienda así), cuando llevaron a mi hijo a mi habitación, yo estaba sola, sin pareja, ni acompañante alguno, ni familiares en ese momento porque era de madrugada. Abrieron las puertas suavemente, y allí venía entrando en una pequeña cunita mi pequeño, tratando de entender dónde era que estaba y quiénes éramos todos. Me lo entregaron así sin más entre 2 señoras que rápidamente se marcharon.

 

Se me paralizó el cuerpo y el alma no por una fracción de segundos, sino hasta hoy que escribo esto, siento que vino a regalarme una posibilidad de nacer y desprenderme de todo aquello que venía por años cargando sobre mis espaldas, siento que vino a arrebatarme de golpe la soledad que me acompañaba y se instaló aquí en mi vida para mostrarme todos los caminos y sus colores.

 

Las maternidades son tan diferentes unas de otras, se viven con diferentes intensidades según cómo es que te pilló el tren de la vida en ese preciso momento, en que asomas la cabeza por la ventanilla y te despides de tí misma pero no para dejarte o soltarte, sino para reconstruírte o seguir en esa construcción de lo que quieres llegar a ser en la vida y complementar o retomar. Mucho leemos sobre que antes de ser madre somos mujeres y que no debemos olvidarlo. Concuerdo plenamente, pero complemento en que hay mujeres que deciden desde el corazón como profesión personal en la carrera de su vida, debutar y permanecer como madres antes, durante y por sobre todo y qué lindo es detenerse a pensar en ello, así como en las diversas oportunidades que cada una es libre de tomar. Mujeres que deciden darse a la vida por ver a sus hijos sonreír. ¿Cuántas veces esa madre probablemente lloró encerrada en un baño o habitación contemplando en cómo se le iba o venía la vida de vuelta o encima por entregarse en vida a vivir a través de los ojos de sus hijos?. ¿Tuvo miedo alguna vez de quedarse sola, sin pareja, sin amigas, sin familia y hasta incluso sin los hijes propios que aferró de su mano en sus primeros pasos?.

 

Cuando les ves dormir y sientes que darías el alma en prenda con tal de que Dios les acompañe y le blinde la vida ante todo lo que pueda pasar. Terminas haciendo pactos en silencio con quien se te plante por delante. Con Dios por si acaso dentro de sus designios extraños decide llevarlos, con la muerte para que nunca se le ocurra asomar la nariz, con el diablo para que lo piense 2 veces, pidiendo en silencio al mundo y al universo entero para que nunca les falte algo, ni nada malo les pase ni a los tuyos, ni a los del mundo entero, porque la maternidad te comienza a volver tan susceptible a la emocionalidad que el mínimo gesto y avance te conmueve y te inunda el alma de felicidad.

Te llenas de cuestionamientos pero al mismo tiempo te vas fortaleciendo tanto que sacas coraje de no sé donde, vas enfrentando paso a paso los desafíos y adversidades por ellas y ellos, y al mismo tiempo descubriendo en ti una capacidad de amar intrínseca y sin límites, de la forma más generosa y altruísta que haya salido de ti. Los hijos e hijas atraviesan el alma con un poder que jamás nadie tendrá, porque pasan a ser de nuestros espejos a nuestros mejores maestros, y allí vas a estar tú planeando cada día en su afán, intentando cumplir cada promesa e intentando compatibilizar tu propio aliento y tus sueños para ser ejemplo de superación y perseverancia. Y nos ven, son nuestros únicos y más imparciales jueces, que en lugar de reprocharnos, sólo saben amarnos y aplaudirnos, nos regalan una sonrisa y con un abrazo todo reloj se detuvo para nuevamente nunca más permitir que el tiempo camine hacia atrás, es por eso que la maternidad y paternidad indistinto al número de hijos es un aprendizaje intenso y al final de la vida maravilloso.

En los tiempos de hoy ya nada es seguro, nos queda aferrarnos a creer en el milagro de la vida y la fuerza de ese amor que conmueve desde las entrañas para poder sortear obstáculo y aplaudir las oportunidades, abrazarnos y deternos a pensar por un momento, en cómo fué el día en que naciste en tu propio parto y atesorarlo tanto que ni el tiempo sea capaz de arrebatarlo. Ser madre es un desafío, nunca será fácil, es hermoso y a veces también te roba hasta los suspiros entre el agotamiento y el desgaste, pero al final del camino saber que tuviste la oportunidad de amar de una forma indescriptible será el pago y la experiencia más sublime para el alma.

 

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