La maternidad me ha dejado innumerables lecciones de humildad.

Por Montserrat Arrué.

 

Desde el primer día ser mamá fue un desafío. Quedé embarazada mientras trabajaba jornada completa y hacía un Magister en Santiago, teniendo un ritmo de vida súper agitado. Tuve la fortuna de poder renunciar después del post-natal y dedicarme a la crianza de mi hija de manera exclusiva hasta los dos años, donde ambas vivimos un terremoto emocional; retomé mi profesión, ella entró al jardín, me separé y pasamos las dos de vivir en una casa grande a un departamento minúsculo. Todo en un periodo de 6 meses.

 

Cuando recuerdo ese tiempo me sorprende lo valiente que fuimos y la fuerza que me daba el ver como ella retribuía mi esfuerzo, siendo la niña maravillosa que es. Además, aún cuando toda nuestra familia está en otra región, no puedo dejar de agradecer a la vida por ponernos en el camino a personas increíbles que de alguna u otra manera nos han entregado su amor y buenas energías, haciendo que a fin de cuentas, todo valga la pena.

 

Sería mentir si dijera que mi profesión y formación como guía Montessori no me han servido para educarla, porque sí, es un aporte indiscutible. Sin embargo, la maternidad me ha dejado innumerables lecciones de humildad en relación a lo que una mamá puede esperar, porque la vida no viene con un manual y cada niño y niña, a su manera, es único y especial.

 

 

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