Aprender a soltar y crecer

Por Verónica Torres.

Nunca estuvo en mis planes ser mamá y eso lo sabían todos los que me conocían desde chica. Pero llegó, así sin más, sin aviso, sin pareja estable, como consecuencia de una extraña relación entre dos adultos inmaduros de más de 25 años de edad.

Procesarlo me llevó casi 3 años (¡Sí, ella ya había nacido!). Convertirse en mamá no es para nada como te muestran en las películas, ni novelas o como te hicieron creer las mujeres mayores de tu familia y cercanos. Ser mamá es casi volver a nacer, y claro no de inmediato, vas pasando etapas, cual tu bebé empieza a balbucear, gatear, caminar, hablar.

Su nacimiento y primer año fue como el de todos, aprender y conocer este nuevo mundo; su padre (nunca fue mi pareja) estuvo presente, manteníamos una interacción fluida y amigable por el bien de ella, casi inentendible para muchos porque “no es normal que dos personas que no tienen nada se lleven bien y salgan con su hija”, (por suerte este concepto ha ido cambiando).

Un trato cordial que no duró mucho, pues luego de los 2 años de nacida comenzaron los conflictos, todos con motivo, pero uno principal que recién cuando mi hija estaba entre los 3-4 años de edad lo comprendí, acepté y miré atrás sin creer como había podido salir de ello y superarlo: una depresión post parto no diagnosticada y sin nadie que se diera cuenta o la nombrara de esa forma.

El padre decidió hacerse a un lado, me costó aceptarlo pues no quería que mi hija perdiera a su padre. Pasó el tiempo y luego de 9 meses sin verla, retomó lentamente las visitas. Al principio fue complejo, pero hoy ya es una etapa más de la historia.

Quedarme sola con ella fue difícil. No tengo familiares cerca que puedan ayudarme. Si bien mis amigos son mi gran apoyo, no pueden estar día y noche contigo. Eso hizo que empezara a forjar una sólida relación con mi enana que está próxima a cumplir 6 años.

Cuesta escribir y contar las experiencias, más cuando en algún momento te sentiste caer en un abismo sin fondo del cual creías jamás ibas a poder salir, y finalmente una pequeñita mano fue la que te levantó y sacó a flote recordándote quien eras, quien eres, quien serás y porque te eligió como su mamá.

Con ella hemos vivido de todo, desde cambios de casa, de trabajo y de jardín infantil, hasta encontrar al fin nuestro lugar y sentirnos cómodas. Es imposible no recordar las jornadas hasta las 21hrs trabajando y ella conmigo desde las 19:45 apañándome, llegando a casa las 22hrs y saliendo de nuevo a las 8am. O cuando me tocaba cubrir actividades de noche y se quedaba a cargo de amigas, niñeras conocidas y desconocidas. Y ella ahí siempre con una sonrisa y entendiendo, a su corta edad, que la mamá debía trabajar.

Fue cuando ella tenía 3 años y medio que comencé un nuevo trabajo que nos dio más tiempo juntas, oportunidades, aventuras y que me permiten a las 18hrs ya estar con ella y disfrutar los fines de semana juntas. Tener vacaciones, empezar a viajar y conocer.

¡Mi enana es una todo terreno!

Fue en julio del 2018 que realizamos nuestra primera aventura. 10 horas en auto hasta Villarrica, solas las 2 por tres días, ¿la experiencia? Inolvidable, se portó como si siempre se hubiese movido de un lado a otro. ¿Su entretención? Libros de pintar, tablet y dormir. Ese fue el inicio de nuestros kilómetros recorriendo y conociendo. El mismo 2018 con una pareja de amigos fuimos a conocer el embalse el yeso, ahí caminó casi 7 kilómetros.

En julio del 2019 nos aventuramos más allá, nos fuimos al extremo sur de Chile, Punta Arenas, Puerto Natales y cruzamos al lado argentino hasta Calafate para conocer el Glaciar Perito Moreno. Difícil olvidar la cara de los adultos en el tour full day Torres del Paine al ver a una enana de 5 años en un día de caminata por distintos lugares. ¿Conclusión? Se la caminó toda, rio, jugó, posó para las fotos, preguntó mil y una cosas. ¿Los adultos? Me felicitaban y me decían lo increíble que era, que no molestó nada y realizó el recorrido sin problema.

¿Este verano? Conocimos Punta de Choros y el Radal 7 tazas (y con agua), donde me volvió a sorprender: caminata de ida y vuelta de casi 2 horas cada tramo ¿lo logró? Obvio que sí y sin tomarla en brazo ningún momento.

Hasta el día de hoy duerme conmigo. Tiene su pieza, he tratado que duerma sola, pero un día me rendí y me dije “en cualquier momento crece y no querrá ni abrazarme; mejor la aprovecho mientras pueda”, y sé que así será; tiene un carácter similar al mío, es independiente y segura, si tiene que estar y jugar sola no se hace problema, si tiene que hacer amigos nuevos al principio está incomoda y después anda jugando con todos.

No hay noche que no me quede pegada mirándola, recordando y analizando cómo va pasando el tiempo, como ha crecido, y como se han ido dando las cosas.

¿Culpa?  Sí, Siempre hay. Es un sentimiento difícil de soltar sobre todo cuando tuviste una historia familiar de hija única de padre no reconocido y una madre que se dedicó a trabajar y a darte todo lo material, pero no supo darte las herramientas para enfrentar la vida, aceptar, no sentirse menos y no sentir que repetirás la historia en una inocente.

Esa es la gran diferencia entre mi hija y yo. No hay día en que no le pregunte “¿cómo estás?” y que fue lo mejor y lo peor del día. Vivo pendiente de sus sentimientos, de cómo se siente, de sus amistades, de que no le vayan hacer bulliyng y si le hacen sepa defenderse, pero sobre todo de que entienda que no hay diferencias entre las personas y sobre todo las mujeres, que ninguna es más ni menos y que ser bonita no es lo que se ve, sino que ser “astuta, inteligente, valiente, preguntona y buena amiga”.

Con ella todo ha sido un proceso, de aprender, de crecer, de madurar, de aceptar, de sanar… es esto último en lo que día a día trabajo para no traspasar mis heridas a ella.

El otro día leí “Convierte a la niña herida que fuiste en la guerrera que te salvará”, y así somos nosotras: una mujer que trata de sanar a su niña herida junto a una niña guerrera, “una hija del rigor” como me dijo una señora mayor cuando le conté nuestra vida, una pequeña que día a día me muestra que soy su mamá, una mujer que se la puede, que siempre está con la frente en alto y riendo a pesar de que por dentro tengas las penas más grandes. Porque las penas se superan y se van, pero las lecciones de amor, los abrazos, los besos de conejito y las promesas de dedo chiquito siempre estarán aunque los años pasen.

Aún nos quedan mil aventuras por vivir y crecer,  sé que ella me seguirá sanando mientras yo la crío como una mujer segura de sí misma y lista para enfrentar el mundo que se venga.

Un abrazo para todas las que estén iniciando el camino.

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